domingo, 18 de noviembre de 2012

Redes



“Jaja” escribió en el chat, pero su rostro adusto de añejos ceños fruncidos parecía decir otra cosa.
Y así fue, al verse cara a cara, las quejas no tardaron en llegar, se dijeron unos cuantos insultos y verdades, de esas que suelen doler. Y encima la terapia tan lejos en el caprichoso calendario semanal.
Quiso expresar sus sentimientos en internet, pero la página sólo ofrecía un maníaco “me gusta”. ¿Cómo hacer público la angustia y la desazón en las redes sociales? ¿Cómo escapar de una red?
Prácticamente no cruzaron palabras en toda la semana. Ella desesperaba por la llegada del día de su hora terapéutica. La relación con su madre parecía acabada. Durante la sesión se quejó de la intromisión de su progenitora en los asuntos privados, se esforzó en marcar diferencias entre ambas, anheló un padre más presente, más de una vez se preguntó por qué, exploró alguna que otra respuesta sin poder amarrarse a ninguna. Finalizó con la promesa de ponerle firmes límites a su madre, independizarse de una buena vez, y escapar por fin de esa insoportable red.
A la noche, aislada en la habitación con su computadora portátil, revisó el correo electrónico y allí pudo leer: “tu madre quiere ser tu amiga en una nueva red social.”

jueves, 5 de julio de 2012

Abstinencia


Tenía tan bien aprendido el guión de la abstinencia, tan analizada su conflictiva neurosis infantil, tan estudiados los manejos de la contratransferencia, que hundió profundamente el llanto cuando los médicos le informaron que por un tumor maligno ya no le quedaban más de tres meses de vida.

De otro planeta

Cuando aseguraba ser de otro planeta, los psiquiatras diagnosticaban de inmediato un síndrome delirante y así medicaban según el amo vademécum. Pero cuando por primera vez la atendí, me hizo viajar por todo el universo con la nave espacial en que convirtió al viejo diván de mi consultorio.

domingo, 29 de enero de 2012

Soma


Cuando me operé, me saqué previamente el aparato psíquico.
Pasa que siempre sufrí enfermedades de todo tipo: de la piel, respiratorias, gástricas, musculares, etc. Y en la mayoría de las ocasiones los médicos, desde su ignorancia, hablaban de inciertos orígenes de mis padecimientos: estrés, nervios, somatización, me llegaron a nominar como histeria de conversión, alguno aseguró que todo era hipocondría y unos cuantos más utilizaron otros términos tan acientíficos como los que podría usar un curandero de barrio.
Por muchos años, médicos y amigos me recomendaron hacer, pero me parecía continuar con la lógica del curandero; eso de ir a un lugar a que no te den soluciones sino que vos mismo tenés que buscarlas, no me parecía coherente. Poco a poco me fui haciendo la idea de que en realidad no tenía nada, y que todo era fruto de mi poderosa imaginación, un poder que la verdad que no se me daba como para usarlo de una forma más productiva. Hasta que cedí e intenté probar con un psicoterapeuta.
Una vez ya adentrado en la terapia, con unos cuantos meses de relato de mis dolencias físicas, me descubrieron un quiste que había que operar de manera urgente, cuyo origen, aseguraron, era puramente orgánico, nada que ver con lo psíquico, ni estrés ni histeria, ni nada raro, una enfermedad localizable que se operaba y ya. Por fin tenía una enfermedad con mayúsculas, sin nada psicológico entrometiéndose. Mi cuerpo volvía a ser una verdadera máquina con un desperfecto a reparar, sin comprometer alguna cosa de mi historia y de mi vida.
Y así fue que lo decidí, tirado en la camilla, esperando los efectos de la anestesia. Así fue que decidí que antes de la operación dejaría fuera del quirófano a mi aparato psíquico.