domingo, 29 de enero de 2012

Soma


Cuando me operé, me saqué previamente el aparato psíquico.
Pasa que siempre sufrí enfermedades de todo tipo: de la piel, respiratorias, gástricas, musculares, etc. Y en la mayoría de las ocasiones los médicos, desde su ignorancia, hablaban de inciertos orígenes de mis padecimientos: estrés, nervios, somatización, me llegaron a nominar como histeria de conversión, alguno aseguró que todo era hipocondría y unos cuantos más utilizaron otros términos tan acientíficos como los que podría usar un curandero de barrio.
Por muchos años, médicos y amigos me recomendaron hacer, pero me parecía continuar con la lógica del curandero; eso de ir a un lugar a que no te den soluciones sino que vos mismo tenés que buscarlas, no me parecía coherente. Poco a poco me fui haciendo la idea de que en realidad no tenía nada, y que todo era fruto de mi poderosa imaginación, un poder que la verdad que no se me daba como para usarlo de una forma más productiva. Hasta que cedí e intenté probar con un psicoterapeuta.
Una vez ya adentrado en la terapia, con unos cuantos meses de relato de mis dolencias físicas, me descubrieron un quiste que había que operar de manera urgente, cuyo origen, aseguraron, era puramente orgánico, nada que ver con lo psíquico, ni estrés ni histeria, ni nada raro, una enfermedad localizable que se operaba y ya. Por fin tenía una enfermedad con mayúsculas, sin nada psicológico entrometiéndose. Mi cuerpo volvía a ser una verdadera máquina con un desperfecto a reparar, sin comprometer alguna cosa de mi historia y de mi vida.
Y así fue que lo decidí, tirado en la camilla, esperando los efectos de la anestesia. Así fue que decidí que antes de la operación dejaría fuera del quirófano a mi aparato psíquico.