sábado, 4 de mayo de 2013

El cuerpo de la bestia

La bestia sin cuerpo, amorfa, caminaba por la jaula. Sus descoordinadas patas se movían de aquí para allá sin equilibrarse en ningún sitio. Más de una vez intentó pasar por entre los barrotes, pero su enorme y desestructurado cuerpo le imposibilitaba la libertad.
Al despertar, la masa amorfa hallaba un plato con alimentos que devoraba en unas pocas bocanadas. Y así pasaba el día, de un lado para otro en su diminuta cárcel, con agudos gritos guturales, tan ininteligibles como torturantes sonidos.
Y en ese caminar dentro de la jaula, el cuerpo de la bestia, un día, comenzó a formarse, y su comunicación sonora pasó a ser un medio privilegiado para el lazo social. Y al tomar al fin forma atravesó las rejas y se encontró libre.

Y así, en su ilusión de libertad, la bestia jamás pudo reconocer que la forma adoptada y los nuevos sonidos emitidos eran nada más y nada menos que la esencia que sus perversos y sádicos cazadores, cancerberos y domadores siempre esperaron de él.