sábado, 18 de octubre de 2014

Relatividad

–Einstein se equivocó –dijo el alumno y todos enmudecieron. Era una época de grandes cambios, de cuestionamientos, de esperanzas e incertidumbres. Mas el estudiante presintió que sería mejor el silencio. Pero desde su interior un impulso contrario pujaba intenso. Sintió a sus desorbitados ojos danzar inquietos, sus músculos latieron; su cuerpo, una entelequia. Así que continuó: –Sí, se equivocó al dejar con un valor fijo, constante, a la velocidad de la luz, ya que ella también es relativa.
Y al terminar sus palabras, la clase comenzó un viaje hacia ningún lado, a una velocidad inexistente.

sábado, 11 de octubre de 2014

Testimonio de un fantasma

Tradicionalmente se considera que los fantasmas son almas en pena. Según algunos, tuvieron una muerte traumática y, por ende, habría una energía aún no tramitada. Para otros los espíritus tendrían un objetivo, una misión, y por lo tanto penarán hasta cumplirlo. Similar posición la de aquellos para quienes las ánimas buscarían una venganza contra alguien que en el más acá los habría dañado. Unos más aseguran que luego de una existencia terrenal espantosa, esas personas no podrían pasar a mejor vida. En algunos lugares hablan de que las almas pertenecerían a enamorados no correspondidos que penan por sus amadas.
            En fin, fantasmas, almas, ánimas y espíritus serían todos sufrientes. Discúlpenme pero debo serles sincero, han estado todos equivocados. Una pavada tras otra.
            Que un cualquiera me explique, por favor, por qué alguien con un espantoso perecer, una vida desgraciada, una vez muerto se quedaría en ese lugar de tantas desdichas
            Yo diré la verdad, una honestidad poco habitual entre los seres vivos de este planeta. Los finados tenemos libre albedrío. Al morirnos, estamos libres para decidir, por fin dejamos atrás todos aquellos condicionamientos externos y circunstancias apremiantes que tantos obstáculos nos han puesto en nuestra vida terrenal. Que quede claro, al morirnos, al fin elegimos lo que queremos.
            Por lo tanto, como ya habrán deducido, las almas que nos quedamos en el planeta somos las que tuvimos una vida plena, rodeada de puras satisfacciones. 
Sin ir más lejos, yo fui un aristócrata que disfruté de los privilegios de mi clase: fiestas, banquetes, doncellas bellísimas, viajes a insólitos sitios y tantos etcéteras que me dejaban siempre ajeno de preocupaciones mundanas. Morí a los ochenta años por un infarto, de un día para el otro, casi sin darme cuenta. Vi a mis familiares erigir sus destinos en función de sus deseos. Sí, acá la pasé muy bien, ¿por qué me iría a un cielo, a un infierno o a quién sabe dónde? Señores, créanlo, yo no me quiero ir más.

            Por lo tanto, amigo lector de este testimonio, cuando usted se encuentre ante una aparición, no se asuste, no se alarme, no disque el novecientos once, sino más bien, reflexione, piense y sepa que está frente a alguien que supo disfrutar de la vida, y que ahora, sabe disfrutar de la muerte.

sábado, 4 de octubre de 2014

En busca del horizonte

En un día como hoy, sin saber bien porqué, quisiera relatarles una historia que tiempo atrás llegara hasta mis oídos. Se trata de un pequeño, aunque no por eso menos significativo, fragmento de la vida de una muchacha de alrededor de quince años, quien se habría encontrado presa de un fatal y torturante aburrimiento, como así también aferrada a una disconformidad consigo misma. Al parecer nuestra protagonista tan sólo demostraba sus sensaciones mediante pintadas con aerosol en cuanta pared hallaba, convirtiéndose para la población local en una verdadera molestia.
            Dicho aburrimiento y disconformidad la llevó a que un buen día se decidiera a buscar el horizonte. En el pueblo intentaron persuadirla con argumentos sobre lo insensato de tal empresa. Hizo caso omiso de las evidencias racionales, preparó su mochila con cosas, según la lógica y el sentido común, inútiles para un viaje a pie, como espejos, libros, pinturas en aerosol y discos musicales, y comenzó su caminata hacia el oeste, hacia la caída del sol.
            Avanzó durante meses con sus pies gastados, el estómago vacío, la garganta sedienta, y de nuevo aburrida.
            Hasta que al fin llegó. Levantó las manos y sintió en su piel al horizonte. Estaban el sol, la luna, los colores del atardecer y del alba, la noche y sus estrellas, nubes negras y blancas, los rayos, los barriles de la lluvia, acarició la textura del arcoíris, las cajas musicales con los truenos. Pasaron los días y de vuelta la joven se sentía insatisfecha, tenía lo anhelado y sin embargo no era feliz.
            En el pueblo todos se preguntaban por la suerte de aquella muchacha. Muy pocos, crédulos y utópicos para la gran mayoría, presentían que la joven llegaría a su meta.

            Una buena mañana, el pueblo amaneció con un intenso sol y algunas pequeñas nubes provocando aisladas precipitaciones, por ende en el horizonte se dibujó un brillante arcoíris. Cuando miraron el fenómeno natural, los pueblerinos leyeron algo escrito con aerosol: “estoy aburrida”.

Una de mutantes

Pensé que los mutantes se habían extinguido. Que su escamosa y fétida piel verde se derretía para siempre en el asfalto de la ciudad.
            Afortunadamente para la especie humana, hoy la calle es un cementerio de bestias inmundas, mis otrora vecinos. Durante un mes, un extraño virus azotó a la humanidad, y muchos vimos como nuestros seres queridos y allegados se transformaban en reptiles escamosos hambrientos de carne humana. En mi barrio, el único no infectado fui yo. Durante todos esos terribles días resistí la invasión mutante mediante métodos de los más estrafalarios, armas caseras e improvisadas trincheras. Aislado en mi altillo observé cada transformación, cada gota de sangre derramada, cada humano devorado.
            Pasaron más de veinte días hasta la llegada del ejército que liberó la zona gracias a un veneno esparcido por el aire. Los bioquímicos  me inyectaron el antídoto contra la mutación, el cual al mismo tiempo me hacía inmune al veneno mata-mutante. En poco tiempo, los mutantes cayeron y un hedor ácido de carne putrefacta ahora invade la cuadra. Mas con tal de librarme de esa amenaza, soporto cualquier desagradable aroma.
            Sí, definitivamente creía que al fin recuperaría algo de mi ansiada paz y tranquilidad.

            Pero nunca nada es tan fácil. A lo mejor, toda la mutación sólo fue el prólogo, un proceso de adaptación hacia el inevitable destino. Ya que hoy, frente al espejo, mientras me rasuraba, vi que debajo de mi barba unas escamas esmeraldas crecían de modo inquietante y un extraño apetito antropofágico me reclamaba jugosa carne humana.

Resistencia

Solía tomar mates frente al mar durante los cálidos atardeceres. Mis ojos se perdían en la lejanía, al igual mis problemas y mi rutina. El agua tibia en franca caída sobre la verdosa yerba desplazaba el bullicio de los transeúntes, del tráfico, de los noviecitos, de los turistas. Solo importaban el mar, el mate y yo.
            Aún recuerdo una de esas plácidas tardes, aquel día en que comenzó la invasión alienígena. Primero una serie de luces descendieron a toda velocidad. Una sorda explosión me cegó de inmediato. Unos segundos después abrí los ojos. Luego del mareo inicial, observé mis alrededores: cuerpos mutilados, un cementerio de órganos humanos, un oleaje color rojo sangre, edificios derribados, aullidos de dolor, inciertos llantos, incendios por doquier. Curioso, ante la dantesca escena mi primera preocupación fue por mi mate y mi termo.

            Hoy, meses después de aquella fatal tarde, ya nada queda de las pacíficas mateadas, de la mente en blanco. Hoy, meses después, el paisaje aquí ha cambiado, ya que, frente al mar, tan sólo estamos un puñado de seres humanos sobrevivientes organizando la resistencia.

Dientes de pétalo

Era temprano, aún faltaba para el desayuno. Con ojos entrecerrados miró hacia los ronquidos de su compañero de habitación. Se enderezó e inspeccionó debajo de la cama en busca de sus pantuflas, las cuales encontró con facilidad. Sus endebles huesos crujieron con cada movimiento. De modo automático llevó una mano hacia la mesa de luz, asió el vaso con agua pero cuando fue por su dentadura postiza halló en el lugar una rosa de rojos pétalos. “La demencia anda tras mí”, pensó. Mas luego de un instante, sonrió al suponer cuál enfermera del geriátrico le habría tendido una broma. Ya más tranquilo y sin dientes se dirigió hacia el baño, y frente al espejo vio que desde sus encías caían rojos pétalos de rosa.