sábado, 11 de octubre de 2014

Testimonio de un fantasma

Tradicionalmente se considera que los fantasmas son almas en pena. Según algunos, tuvieron una muerte traumática y, por ende, habría una energía aún no tramitada. Para otros los espíritus tendrían un objetivo, una misión, y por lo tanto penarán hasta cumplirlo. Similar posición la de aquellos para quienes las ánimas buscarían una venganza contra alguien que en el más acá los habría dañado. Unos más aseguran que luego de una existencia terrenal espantosa, esas personas no podrían pasar a mejor vida. En algunos lugares hablan de que las almas pertenecerían a enamorados no correspondidos que penan por sus amadas.
            En fin, fantasmas, almas, ánimas y espíritus serían todos sufrientes. Discúlpenme pero debo serles sincero, han estado todos equivocados. Una pavada tras otra.
            Que un cualquiera me explique, por favor, por qué alguien con un espantoso perecer, una vida desgraciada, una vez muerto se quedaría en ese lugar de tantas desdichas
            Yo diré la verdad, una honestidad poco habitual entre los seres vivos de este planeta. Los finados tenemos libre albedrío. Al morirnos, estamos libres para decidir, por fin dejamos atrás todos aquellos condicionamientos externos y circunstancias apremiantes que tantos obstáculos nos han puesto en nuestra vida terrenal. Que quede claro, al morirnos, al fin elegimos lo que queremos.
            Por lo tanto, como ya habrán deducido, las almas que nos quedamos en el planeta somos las que tuvimos una vida plena, rodeada de puras satisfacciones. 
Sin ir más lejos, yo fui un aristócrata que disfruté de los privilegios de mi clase: fiestas, banquetes, doncellas bellísimas, viajes a insólitos sitios y tantos etcéteras que me dejaban siempre ajeno de preocupaciones mundanas. Morí a los ochenta años por un infarto, de un día para el otro, casi sin darme cuenta. Vi a mis familiares erigir sus destinos en función de sus deseos. Sí, acá la pasé muy bien, ¿por qué me iría a un cielo, a un infierno o a quién sabe dónde? Señores, créanlo, yo no me quiero ir más.

            Por lo tanto, amigo lector de este testimonio, cuando usted se encuentre ante una aparición, no se asuste, no se alarme, no disque el novecientos once, sino más bien, reflexione, piense y sepa que está frente a alguien que supo disfrutar de la vida, y que ahora, sabe disfrutar de la muerte.

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