viernes, 27 de marzo de 2015

00001

Se sentó varias veces en el sillón, como si no hallara la posición correcta. Cruzó sus piernas en todas direcciones, al tiempo que una y otra vez su dedo índice movía los lentes sobre su nariz. Limpió un tan hipotético como inexistente polvo de su agenda de cuero con olor a recién salida de la curtiembre.
Las agujas de su reloj de pulsera, más lentas que de costumbre, parecían dubitativas, como con temor de llegar al en punto, a esa hora acordada para un verdadero primer encuentro.
El paciente desplegó sus síntomas, culpó a otros por su padecimiento, describió su vida cotidiana. Hubo momentos en los que no entendió las preguntas del psicólogo veinteañero, quien, mientras el consultante hablaba, revisaba en su mente criterios diagnósticos, textos y libros sobre entrevistas preliminares, clases de docentes, observaciones de entrevistas en alguna que otra práctica clínica, el arancel a cobrar, los agradecimientos hacia aquel que lo sugirió como psicólogo. No sin cierta timidez atinó alguna que otra intervención, siempre con el cuidado de no mostrarse moralista. Atento al encuadre propuesto por el caprichoso reloj, a los cincuenta minutos buscó, acompañado por algunos titubeos, cerrar la entrevista con algo que disparara hacia la próxima sesión. Creyó leer entre los ojos del paciente cierta indiferencia ante sus profesionales palabras.
El paciente aceptó los honorarios propuestos sin mayor problema, pero pidió una factura para un reintegro de la obra social. El psicólogo sacó el prolijo talonario, llenó la boleta, y recién ahí el paciente se dio cuenta.
En sus ojos el 000001 de la factura le evidenció su lugar de primer paciente. Se despidieron, uno con vergonzoso e inexperto rostro, y el otro con un fuerte apretón de manos, mueca de sonrisa mediante y una complaciente, comprensiva y empática mirada.

martes, 3 de marzo de 2015

Ojos en La Bruma

Unos cuantos miércoles atrás. Más o menos siete y cuarto de la tarde. El mismo café de siempre en la calle Yrigoyen. La Bruma que se despedía hasta el próximo encuentro. Una pequeña, aunque no por eso despreciable, dosis de alcohol en sangre.
En ese contexto, yo subí a mi auto. Lo encendí. Como un reflejo automático, acomodé el espejo retrovisor. Y ahí, en ese rutinario momento, me sobresalté ante la espontánea aparición de un par de puntos, una mirada amorfa flotando en el espejo.  Fue un instante de incertidumbre, pues la incierta imagen desapareció de inmediato. No obstante, una sensación de extrañeza se depositó en mí, un temor inexplicable rodando por mis átomos. Aspiré aire, cerré los ojos y puse primera.
Ya en medio del intenso tráfico, un sudor frío corría por mi espalda. Mis pies, convulsos, temblaban en los pedales. Los bocinazos, ante mis desafortunadas maniobras, no se hicieron esperar. El azar me salvó de más de una colisión. Una inidentificable intuición me llevaba a mirar cada tanto por el espejo retrovisor, pero la normalidad, el vacío, la quietud, se presentaba una y otra vez.
El miedo anidaba de tal manera en mi espíritu, que en un determinado momento sentí la necesidad de gritarle al mundo: “¡me persiguen, auxilio, alguien quiere matarme!”. Pensé en el Cuervo de Poe, en El Horla de Mauppassant. Gracias a la literatura inhibí tal paranoia. Pero esto no era literatura, sino pura, concreta y temible realidad.
Busqué un caramelo ácido que combatiera el amargor en mi boca. Al levantar la vista, entre parpadeos de incertidumbre, noté nubarrones amorfos y oscuros en el asiento trasero. El espejo retrovisor me devolvía un caos que respiraba, que miraba, que me buscaba. En medio de la avenida, zigzagueé con el auto de un lado al otro, hasta que frené de un modo imprudente y brusco.
Velozmente abrí la puerta y, antes que pudiera desabrocharme el cinturón de seguridad, sentí una afilada garra que se hendía en mi espalda. Miles de dagas hirvientes danzaban entre mis entrañas, retorciéndose en cada uno de mis órganos. Sentía el sepultamiento de mi consciencia, un aullido de dolor desde cada una de mis terminales nerviosas, mi ser deshaciéndose en infinidades de partes. Hasta que vomité una bilis negra y hedionda, como una putrefacta noche de invierno sin estrellas.
Cuando al fin recuperé la consciencia, miré hacia mi asiento trasero y una quietud absoluta yacía allí. Levanté la vista y unos cuantos curiosos me rodeaban, musicalizados por las furiosas bocinas de los automovilistas.
Prometiéndome que ya no ingeriría alcohol antes de manejar, retorné a mi casa. Al miércoles siguiente, La Bruma se reencontró otra vez en el mismo café de siempre. Yo fui el último en llegar. Y al sentarme, observé los ojos de mis compañeros, y ellos los míos. Y ahí vimos al fin terribles cerrazones y espantosas tormentas viviendo en la mirada de cada uno. Y así supimos al fin que una nueva era, oscura y caótica, se erguía desde los ojos de la misma Bruma.