sábado, 21 de noviembre de 2015

Pincelasos de un recital infantil: Adriana y el cumpleaños del Sapo Poing Poing

Estuve en el recital de Los Redondos, el del quilombo acá en Mar del Plata. Sobreviví a Pappo y a su guitarra bajo una descomunal tormenta eléctrica en una playa del sur. Igual suerte corrí en festivales punk, heavies y en inseguros antros con bandas locales. Pero del único recital del que no salí inmune fue uno de Adriana.

INGRESO
Llegué con mi hija a la fila, algo así como 150 metros rodeados de entusiastas vendedores de peluches de los personajes creados por la mismísima Adriana: Timoteo, un perro celeste, con la nariz roja como la de un borracho; Michu Michu, un gato amarillo con manchas celestes; Lolo, un loro rojo, sí, aunque usted no lo crea, un loro rojo; y el agasajado Sapito Poing Poing.
Todo padre que se digne de tal a esta altura ya tiene que saber sobre una orden judicial que impide a la susodicha Adriana cantar la canción del Sapo Pepe. Por esa prohibición, la artista creó a este intitulado Sapo Poing Poing, que hasta tiene su propia canción, y que básicamente es igual al famoso Pepe, solo que no tiene el nombre estampado en su remera roja (la creatividad artística llevada a su máxima expresión). El asunto judicial es más o menos así: parece que esta Adriana se hizo muy conocida con el Sapo Pepe, una canción hasta ese momento cantada mayoritariamente por maestras jardineras.  Pero parece que el Sapo Pepe tenía una autora que enseguida hizo valer sus derechos y (no se bien cómo) le prohibió a esta Adriana seguir con el afamado Pepe. Desde que me enteré de esta historia me divierto imaginándome la cara del juez al leer las fojas de las causa, los fiscales revisando jurisprudencia sobre sapos, el secretario redactando oficios, ¿habrán llamado testigos? Sí, ya se, me divierto con cada pavada.
En fin, ahí estábamos con mi hija en la cola para el teatro, una fila prolija y ordenada. Rodeados de gente un tanto particular: una madre que con su hija de 4 o 5 años compartían mismo peinado, mismas trenzas, mismos colores de ropa; un padre que con una mano aprisionaba a su hijo y con la otra mano él mismo se aprisionaba a la pantalla táctil de su smartphone; otro que tomaba lección a su hijo sobre las letras de las canciones y lo arengaba a que baile durante el show.
Llegamos a la entrada. Y el orden inicial se fue al diablo. De repente, padres tironeando a sus hijos se nos adelantaban como autos en un peaje a la salida de Capital a las seis de la tarde. Afortunadamente todas las entradas eran numeradas, así que, pese a los colados, conseguimos nuestros lugares.

"QUÉ COMIENCE ESTE SHOW"
Mucha música, coreografías bien ensayadas, aplausos varios: Adriana salió a escena. Todos los chicos cantaban, gritaban, bailaban... Stop, paren un segundo: ¿Todos los chicos cantaban, gritaban, bailaban?
En un principio pensé que sí, pero con el correr del show afine mis sentidos (por lo menos oído y vista) y entonces descubrí que los gritos desaforados de ¡ADRIANAAAA!, los cantos desafinados, aunque bien memorizados, provenían más bien del público adulto. Los chicos disfrutaban el show, claro que sí, pero a su manera: miraban sentados, parados, con algunos de los peluches que vendían afuera. Pero la pasión por Adriana provenía fundamentalmente de muchas de las madres allí presentes: las que sabían las letras, las correos, festejaban cada ocurrencia de la cantante, gritaban por los personajes. Y en ese momento imaginé a cada una de esas madres como frustradas paquitas de Xuxa. Seguro que a sus ocho años bailaron con blancas y altas botas hasta la rodillas frente al espejo canciones como Chingolele. Más de una fue fanática de todas las producciones de Crís Morena. Nobleza obliga aclarar que muchos padres protagonizaron tales vergonzosos actos, pero mayoritariamente el público adulto era femenino. Espero que yo, sin darme cuenta, no haya bailado las coreos de Timoteo o Michu Michu ayudando al desarrollo de esas dantescas escenas.

LA SALIDA
Irse fue aliviador, no por el fin de una música que definitivamente no era de mi agrado, o por alejarme de tales espécimenes adultos, sino por la alegría de mi hija.
Pasaron como quince días del recital y las escenas traumáticas siguen invadiendo mi consciencia. Después de ningún recital me pasó algo así. Incluso en la calle, en el colectivo o en la cola del súper tarareo en mi cabeza alguna canción de Adriana. ¿Por qué nunca te quedan en la cabeza canciones como Stairway to heaven o The man who sold the world, sino Mi amiga Pepa o Saco una manito?
¿Pero saben qué? Más allá de eso volvería a vivir tan duro concierto, tan difícil público, tan solo para que mi hija disfrute como aquel día.

viernes, 27 de marzo de 2015

00001

Se sentó varias veces en el sillón, como si no hallara la posición correcta. Cruzó sus piernas en todas direcciones, al tiempo que una y otra vez su dedo índice movía los lentes sobre su nariz. Limpió un tan hipotético como inexistente polvo de su agenda de cuero con olor a recién salida de la curtiembre.
Las agujas de su reloj de pulsera, más lentas que de costumbre, parecían dubitativas, como con temor de llegar al en punto, a esa hora acordada para un verdadero primer encuentro.
El paciente desplegó sus síntomas, culpó a otros por su padecimiento, describió su vida cotidiana. Hubo momentos en los que no entendió las preguntas del psicólogo veinteañero, quien, mientras el consultante hablaba, revisaba en su mente criterios diagnósticos, textos y libros sobre entrevistas preliminares, clases de docentes, observaciones de entrevistas en alguna que otra práctica clínica, el arancel a cobrar, los agradecimientos hacia aquel que lo sugirió como psicólogo. No sin cierta timidez atinó alguna que otra intervención, siempre con el cuidado de no mostrarse moralista. Atento al encuadre propuesto por el caprichoso reloj, a los cincuenta minutos buscó, acompañado por algunos titubeos, cerrar la entrevista con algo que disparara hacia la próxima sesión. Creyó leer entre los ojos del paciente cierta indiferencia ante sus profesionales palabras.
El paciente aceptó los honorarios propuestos sin mayor problema, pero pidió una factura para un reintegro de la obra social. El psicólogo sacó el prolijo talonario, llenó la boleta, y recién ahí el paciente se dio cuenta.
En sus ojos el 000001 de la factura le evidenció su lugar de primer paciente. Se despidieron, uno con vergonzoso e inexperto rostro, y el otro con un fuerte apretón de manos, mueca de sonrisa mediante y una complaciente, comprensiva y empática mirada.

martes, 3 de marzo de 2015

Ojos en La Bruma

Unos cuantos miércoles atrás. Más o menos siete y cuarto de la tarde. El mismo café de siempre en la calle Yrigoyen. La Bruma que se despedía hasta el próximo encuentro. Una pequeña, aunque no por eso despreciable, dosis de alcohol en sangre.
En ese contexto, yo subí a mi auto. Lo encendí. Como un reflejo automático, acomodé el espejo retrovisor. Y ahí, en ese rutinario momento, me sobresalté ante la espontánea aparición de un par de puntos, una mirada amorfa flotando en el espejo.  Fue un instante de incertidumbre, pues la incierta imagen desapareció de inmediato. No obstante, una sensación de extrañeza se depositó en mí, un temor inexplicable rodando por mis átomos. Aspiré aire, cerré los ojos y puse primera.
Ya en medio del intenso tráfico, un sudor frío corría por mi espalda. Mis pies, convulsos, temblaban en los pedales. Los bocinazos, ante mis desafortunadas maniobras, no se hicieron esperar. El azar me salvó de más de una colisión. Una inidentificable intuición me llevaba a mirar cada tanto por el espejo retrovisor, pero la normalidad, el vacío, la quietud, se presentaba una y otra vez.
El miedo anidaba de tal manera en mi espíritu, que en un determinado momento sentí la necesidad de gritarle al mundo: “¡me persiguen, auxilio, alguien quiere matarme!”. Pensé en el Cuervo de Poe, en El Horla de Mauppassant. Gracias a la literatura inhibí tal paranoia. Pero esto no era literatura, sino pura, concreta y temible realidad.
Busqué un caramelo ácido que combatiera el amargor en mi boca. Al levantar la vista, entre parpadeos de incertidumbre, noté nubarrones amorfos y oscuros en el asiento trasero. El espejo retrovisor me devolvía un caos que respiraba, que miraba, que me buscaba. En medio de la avenida, zigzagueé con el auto de un lado al otro, hasta que frené de un modo imprudente y brusco.
Velozmente abrí la puerta y, antes que pudiera desabrocharme el cinturón de seguridad, sentí una afilada garra que se hendía en mi espalda. Miles de dagas hirvientes danzaban entre mis entrañas, retorciéndose en cada uno de mis órganos. Sentía el sepultamiento de mi consciencia, un aullido de dolor desde cada una de mis terminales nerviosas, mi ser deshaciéndose en infinidades de partes. Hasta que vomité una bilis negra y hedionda, como una putrefacta noche de invierno sin estrellas.
Cuando al fin recuperé la consciencia, miré hacia mi asiento trasero y una quietud absoluta yacía allí. Levanté la vista y unos cuantos curiosos me rodeaban, musicalizados por las furiosas bocinas de los automovilistas.
Prometiéndome que ya no ingeriría alcohol antes de manejar, retorné a mi casa. Al miércoles siguiente, La Bruma se reencontró otra vez en el mismo café de siempre. Yo fui el último en llegar. Y al sentarme, observé los ojos de mis compañeros, y ellos los míos. Y ahí vimos al fin terribles cerrazones y espantosas tormentas viviendo en la mirada de cada uno. Y así supimos al fin que una nueva era, oscura y caótica, se erguía desde los ojos de la misma Bruma.