martes, 28 de junio de 2016

El bar

Se podría recurrir a ingenuas comparaciones y absurdas analogías, como que de levantar la quiniela pasaron al diezmo y la limosna; o que de la ginebra y el licor Legui fueron a bendecir el vino para la misa; o que del pool, el sapo y el truco se deslizaron hacia el bautismo y la comunión.
Pero insisto, sería ingenuo, superfluo y carente de la metaforización buscada.
¿Cómo es que el lugar que las viejas del barrio odiaban, porque al pasar les gritaban pavadas injuriosas, se convirtió en un lugar por ellas mismas venerado a la hora de juntar ropas para los pobres?
Aunque si uno lo piensa bien, el verdadero odio de las viejas provenía de que el bar les quitaba a sus maridos. Los tipos volvían de laburar en el campo y no querían escuchar las pavadas de la novela de turno de Andrea del Boca o las quejas de las maestras por los traviesos hijos. Entonces ahí se construía la verdadera misión del bar, opción evitativa frente a los malestares diarios, escape de posibles querellas maritales, lugar de adormecimiento de frustraciones, hipnótico sitio ante las pequeñas y cotidianas tragedias griegas.
Pero un día algo comenzó a cambiar. Los borrachos apuñalados, los tragos fiados, las mujeres que de vez en cuando ofrecían sexualidad, las sillas que al volar rompían algún vidrio, los piropos ordinarios, la ilusión de los nenes de algún día estar ahí jugando un torneo de pool, el hombre con sombrero y la mujer con su sinuosa y provocativa figura que indicaban los baños, el aroma a tabaco, todo eso y tantas otras cosas más algún día dejaron de existir.
Corrían los noventa, y entre tanta persiana que se bajaba y tanta chimenea fabril que ya no largaba humo, el bar cerró definitivamente sus puertas. Qué habrá sido del cuaderno de los fiados, nunca se sabrá.   
La situación fue demasiada similar a esa represión originaria de la que habla Sigmund Freud en su texto La Represión, según la cual algo intolerable es expulsado de la conciencia, algo que resulta en algún punto peligroso, y así funda a lo inconsciente que constantemente ejercerá una fuerza de atracción para nuevos impulsos que vayan surgiendo. El bar, en cierto sentido, era algo no aceptado por la moral imperante del barrio, no lo querían pero sin embargo ahí lo tenían. Eso que no querían, eso que el bar representaba, un día fue expulsado de la escena cotidiana y así se inventó un inconsciente barrial. Sobre el bar recayó una verdadera represión originaria.
Pero como todo lo que cierra deja alguna grieta para que se vuelva a abrir, un día a alguien se le ocurrió que en el barrio faltaban sotanas. Una doña pensó que muchos niños tenían que viajar hasta no sé dónde para tomar la comunión, que si alguien necesitaba un consejo serio y responsable de un cura debía tomar un colectivo, que al barrio no llegaba Caritas. Y otra vieja se acordó que ese edificio donde otrora se había erigido el bar, ahora se encontraba abandonado, a la deriva del Señor. Y no fue difícil que la diócesis viera allí un lugar disponible para una sucursal del mercado de almas.
Y de un día para el otro, sí, nadie se dio cuenta, había jóvenes entusiastas armados con crucifijos y biblias convocando a los niños a cursos de catequesis; púberes muchachones con guitarras criollas preparando actividades recreativas en la plaza; de repente se organizaban bingos a beneficios de no sé qué pavada; de improviso te decían las viejas que traigas tus antiguas vestimentas para un ropero comunitario; carteles con Cristos en todas las almacenes.
Y el día tan esperado, el día de la mismísima apertura, llegó. No se de cuán lejos vino gente. Ya no estaban solos las viejas del barrio y los incautos niños ahora ya enrolados en la catequesis, sino que se encontraban acompañados por un gran paisaje de fe y devoción. Con sus coloridos trajes llegaban bolivianos que vivían en los campos de alrededor; tipos comprometidos con la causa del Vaticano de barrios distantes; viejos borrachos con lustrados zapatos arrastrados hasta allí por sus esposas; autos último modelo de ninguna manera diseñados para las calles empedradas y poseadas del barrio; gentiles y siempre serviles monjas con rosarios en las manos; algún que otro pibe con cara de buen tipo y una guitarra en el hombro junto a una novia, que más que novia parecía una fría compañerita de juegos sin mucho roce corporal; fotógrafos buscando la primicia para la gacetilla de la diócesis; inevitables vendedores ambulantes poco interesados en la palabra divina.
Y sin demorarse, él bajó de su vehículo. Un pelirrojo con barba y anteojos, mirada serena y sonrisa encantadora, algún que otro anillo en un dedo, rodeado de gentío devoto, y con obvia sotana. El barrio ya tenía un cura. Y el bar ya era una parroquia. Dios tenía su casa en lo que había sido la morada de lo inmoral.
Siguiendo con Freud y su texto La Represión de 1915, podríamos decir que allí nos encontramos con el segundo momento llamado represión propiamente dicha, o represión secundaria, donde se desplaza y se mantiene en el inconsciente eso intolerable que hablábamos en la represión originaria, todo gracias a la fuerza ejercida desde ese inconsciente fundado en ese primer momento. Y eso se hizo con el bar, se lo tapó, se lo ocultó, se lo quiso convertir en otra cosa, pasó a ser parte de ese inconsciente barrial del que en párrafos anteriores hablábamos, y todo lo que a ello se pudiera asociar tenía el destino de ser reprimido en dicho inconsciente barrial.
El sacerdote comenzó su misa, diciendo las mismas cosas que dicen siempre, que San Mateo hizo no se qué cosa, y que Jesús dijo tal otra, y que el amor y qué se yo, pero sin embargo no podía capturar de una manera total el interés de los presentes, especialmente el de las viejas. La atención del público no podía dirigirse al cien por ciento a las religiosas palabras. Algo hacía que sus ojos de vez en cuando se desviaran hacia un rincón, y aunque pareciera contradictorio, esto pasaba con mayor intensidad entre las viejas promotoras de la parroquia.
Era notorio que luchaban contra un impulso más fuerte que ellas mismas. Seguro que recurrían a las palabras del cura para protegerse de ese demonio que les brotaba. Impulsos cada vez más profundos que les tocaban deseos inconfesables, deseos tan físicamente placenteros que merecían ser reprimidos y castigados con la fuerza de la moral católica.
¿Pero qué miraban esas viejas comesantos? Las puertas del baño les ponían en evidencia lo obvio. Todo el salón había sido decorado para la ocasión, con cruces de diversos colores; Cristos crucificados; vírgenes con caras de buena gente; velas encendidas; flores donadas por los japoneses de campos cercanos; confesionarios en los que había cola para entrar; altares esperando bodas. Pero en dicho escenario religioso había algo en franca contradicción con el detallismo evangelizante.
Ahí estaban las sinuosas figuras que indicaban los orinales; formas en posición tan eminentemente erótica; con su imagen desbordando sexualidad; mostrando esas partes del cuerpo que seguramente el cura preferiría tapar, y esas figuras se erguían por sobre las cabezas de los presentes, y dichas figuras hacían desear a las viejas aquellas extravagancias antiparroquias que se habían desplegado en ese mismo edificio cuando bar.
Algo que no debía estar, estaba sin embargo allí.. Y ese algo era lo que la parroquia y sus moralizantes palabras querían desterrar del barrio. A alguien se le había escapado un pequeño pero incisivo pormenor. Lo que debía ser reprimido, olvidado y escondido decía presente mediante el signo de indicación del lugar para depositar los desechos corporales. La sexualidad y el bar debían ser un desecho, pero seguían allí. El bar resistía a las intentonas apostólicas romanas de prohibir lo que meses atrás en ese edificio hubiese estado permitido. Y sigamos con Freud, y encontremos el tercer momento de la represión, el retorno de lo reprimido, donde lo reprimido en los momentos anteriores hace valer su efectividad psíquica, ya que empuja hacia lo consciente, buscando algún tipo de satisfacción mediante los llamados retoños de lo reprimido. Y ahí estaban los signos del baño del bar, como retoños de lo reprimido, logrando su satisfacción en esa primera misa.

En ese lugar, algo ya no estaba; y sin embargo seguía estando. Y las viejas se ruborizaban. Nunca sabremos si en realidad el rubor se debía a la vergüenza o, como la mayoría sospechábamos, el color rojizo de sus rostros tenía que ver con que aquello que tanto odiaban era lo que en verdad tanto deseaban.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Pincelasos de un recital infantil: Adriana y el cumpleaños del Sapo Poing Poing

Estuve en el recital de Los Redondos, el del quilombo acá en Mar del Plata. Sobreviví a Pappo y a su guitarra bajo una descomunal tormenta eléctrica en una playa del sur. Igual suerte corrí en festivales punk, heavies y en inseguros antros con bandas locales. Pero del único recital del que no salí inmune fue uno de Adriana.

INGRESO
Llegué con mi hija a la fila, algo así como 150 metros rodeados de entusiastas vendedores de peluches de los personajes creados por la mismísima Adriana: Timoteo, un perro celeste, con la nariz roja como la de un borracho; Michu Michu, un gato amarillo con manchas celestes; Lolo, un loro rojo, sí, aunque usted no lo crea, un loro rojo; y el agasajado Sapito Poing Poing.
Todo padre que se digne de tal a esta altura ya tiene que saber sobre una orden judicial que impide a la susodicha Adriana cantar la canción del Sapo Pepe. Por esa prohibición, la artista creó a este intitulado Sapo Poing Poing, que hasta tiene su propia canción, y que básicamente es igual al famoso Pepe, solo que no tiene el nombre estampado en su remera roja (la creatividad artística llevada a su máxima expresión). El asunto judicial es más o menos así: parece que esta Adriana se hizo muy conocida con el Sapo Pepe, una canción hasta ese momento cantada mayoritariamente por maestras jardineras.  Pero parece que el Sapo Pepe tenía una autora que enseguida hizo valer sus derechos y (no se bien cómo) le prohibió a esta Adriana seguir con el afamado Pepe. Desde que me enteré de esta historia me divierto imaginándome la cara del juez al leer las fojas de las causa, los fiscales revisando jurisprudencia sobre sapos, el secretario redactando oficios, ¿habrán llamado testigos? Sí, ya se, me divierto con cada pavada.
En fin, ahí estábamos con mi hija en la cola para el teatro, una fila prolija y ordenada. Rodeados de gente un tanto particular: una madre que con su hija de 4 o 5 años compartían mismo peinado, mismas trenzas, mismos colores de ropa; un padre que con una mano aprisionaba a su hijo y con la otra mano él mismo se aprisionaba a la pantalla táctil de su smartphone; otro que tomaba lección a su hijo sobre las letras de las canciones y lo arengaba a que baile durante el show.
Llegamos a la entrada. Y el orden inicial se fue al diablo. De repente, padres tironeando a sus hijos se nos adelantaban como autos en un peaje a la salida de Capital a las seis de la tarde. Afortunadamente todas las entradas eran numeradas, así que, pese a los colados, conseguimos nuestros lugares.

"QUÉ COMIENCE ESTE SHOW"
Mucha música, coreografías bien ensayadas, aplausos varios: Adriana salió a escena. Todos los chicos cantaban, gritaban, bailaban... Stop, paren un segundo: ¿Todos los chicos cantaban, gritaban, bailaban?
En un principio pensé que sí, pero con el correr del show afine mis sentidos (por lo menos oído y vista) y entonces descubrí que los gritos desaforados de ¡ADRIANAAAA!, los cantos desafinados, aunque bien memorizados, provenían más bien del público adulto. Los chicos disfrutaban el show, claro que sí, pero a su manera: miraban sentados, parados, con algunos de los peluches que vendían afuera. Pero la pasión por Adriana provenía fundamentalmente de muchas de las madres allí presentes: las que sabían las letras, las correos, festejaban cada ocurrencia de la cantante, gritaban por los personajes. Y en ese momento imaginé a cada una de esas madres como frustradas paquitas de Xuxa. Seguro que a sus ocho años bailaron con blancas y altas botas hasta la rodillas frente al espejo canciones como Chingolele. Más de una fue fanática de todas las producciones de Crís Morena. Nobleza obliga aclarar que muchos padres protagonizaron tales vergonzosos actos, pero mayoritariamente el público adulto era femenino. Espero que yo, sin darme cuenta, no haya bailado las coreos de Timoteo o Michu Michu ayudando al desarrollo de esas dantescas escenas.

LA SALIDA
Irse fue aliviador, no por el fin de una música que definitivamente no era de mi agrado, o por alejarme de tales espécimenes adultos, sino por la alegría de mi hija.
Pasaron como quince días del recital y las escenas traumáticas siguen invadiendo mi consciencia. Después de ningún recital me pasó algo así. Incluso en la calle, en el colectivo o en la cola del súper tarareo en mi cabeza alguna canción de Adriana. ¿Por qué nunca te quedan en la cabeza canciones como Stairway to heaven o The man who sold the world, sino Mi amiga Pepa o Saco una manito?
¿Pero saben qué? Más allá de eso volvería a vivir tan duro concierto, tan difícil público, tan solo para que mi hija disfrute como aquel día.

viernes, 27 de marzo de 2015

00001

Se sentó varias veces en el sillón, como si no hallara la posición correcta. Cruzó sus piernas en todas direcciones, al tiempo que una y otra vez su dedo índice movía los lentes sobre su nariz. Limpió un tan hipotético como inexistente polvo de su agenda de cuero con olor a recién salida de la curtiembre.
Las agujas de su reloj de pulsera, más lentas que de costumbre, parecían dubitativas, como con temor de llegar al en punto, a esa hora acordada para un verdadero primer encuentro.
El paciente desplegó sus síntomas, culpó a otros por su padecimiento, describió su vida cotidiana. Hubo momentos en los que no entendió las preguntas del psicólogo veinteañero, quien, mientras el consultante hablaba, revisaba en su mente criterios diagnósticos, textos y libros sobre entrevistas preliminares, clases de docentes, observaciones de entrevistas en alguna que otra práctica clínica, el arancel a cobrar, los agradecimientos hacia aquel que lo sugirió como psicólogo. No sin cierta timidez atinó alguna que otra intervención, siempre con el cuidado de no mostrarse moralista. Atento al encuadre propuesto por el caprichoso reloj, a los cincuenta minutos buscó, acompañado por algunos titubeos, cerrar la entrevista con algo que disparara hacia la próxima sesión. Creyó leer entre los ojos del paciente cierta indiferencia ante sus profesionales palabras.
El paciente aceptó los honorarios propuestos sin mayor problema, pero pidió una factura para un reintegro de la obra social. El psicólogo sacó el prolijo talonario, llenó la boleta, y recién ahí el paciente se dio cuenta.
En sus ojos el 000001 de la factura le evidenció su lugar de primer paciente. Se despidieron, uno con vergonzoso e inexperto rostro, y el otro con un fuerte apretón de manos, mueca de sonrisa mediante y una complaciente, comprensiva y empática mirada.

martes, 3 de marzo de 2015

Ojos en La Bruma

Unos cuantos miércoles atrás. Más o menos siete y cuarto de la tarde. El mismo café de siempre en la calle Yrigoyen. La Bruma que se despedía hasta el próximo encuentro. Una pequeña, aunque no por eso despreciable, dosis de alcohol en sangre.
En ese contexto, yo subí a mi auto. Lo encendí. Como un reflejo automático, acomodé el espejo retrovisor. Y ahí, en ese rutinario momento, me sobresalté ante la espontánea aparición de un par de puntos, una mirada amorfa flotando en el espejo.  Fue un instante de incertidumbre, pues la incierta imagen desapareció de inmediato. No obstante, una sensación de extrañeza se depositó en mí, un temor inexplicable rodando por mis átomos. Aspiré aire, cerré los ojos y puse primera.
Ya en medio del intenso tráfico, un sudor frío corría por mi espalda. Mis pies, convulsos, temblaban en los pedales. Los bocinazos, ante mis desafortunadas maniobras, no se hicieron esperar. El azar me salvó de más de una colisión. Una inidentificable intuición me llevaba a mirar cada tanto por el espejo retrovisor, pero la normalidad, el vacío, la quietud, se presentaba una y otra vez.
El miedo anidaba de tal manera en mi espíritu, que en un determinado momento sentí la necesidad de gritarle al mundo: “¡me persiguen, auxilio, alguien quiere matarme!”. Pensé en el Cuervo de Poe, en El Horla de Mauppassant. Gracias a la literatura inhibí tal paranoia. Pero esto no era literatura, sino pura, concreta y temible realidad.
Busqué un caramelo ácido que combatiera el amargor en mi boca. Al levantar la vista, entre parpadeos de incertidumbre, noté nubarrones amorfos y oscuros en el asiento trasero. El espejo retrovisor me devolvía un caos que respiraba, que miraba, que me buscaba. En medio de la avenida, zigzagueé con el auto de un lado al otro, hasta que frené de un modo imprudente y brusco.
Velozmente abrí la puerta y, antes que pudiera desabrocharme el cinturón de seguridad, sentí una afilada garra que se hendía en mi espalda. Miles de dagas hirvientes danzaban entre mis entrañas, retorciéndose en cada uno de mis órganos. Sentía el sepultamiento de mi consciencia, un aullido de dolor desde cada una de mis terminales nerviosas, mi ser deshaciéndose en infinidades de partes. Hasta que vomité una bilis negra y hedionda, como una putrefacta noche de invierno sin estrellas.
Cuando al fin recuperé la consciencia, miré hacia mi asiento trasero y una quietud absoluta yacía allí. Levanté la vista y unos cuantos curiosos me rodeaban, musicalizados por las furiosas bocinas de los automovilistas.
Prometiéndome que ya no ingeriría alcohol antes de manejar, retorné a mi casa. Al miércoles siguiente, La Bruma se reencontró otra vez en el mismo café de siempre. Yo fui el último en llegar. Y al sentarme, observé los ojos de mis compañeros, y ellos los míos. Y ahí vimos al fin terribles cerrazones y espantosas tormentas viviendo en la mirada de cada uno. Y así supimos al fin que una nueva era, oscura y caótica, se erguía desde los ojos de la misma Bruma.

sábado, 18 de octubre de 2014

Relatividad

–Einstein se equivocó –dijo el alumno y todos enmudecieron. Era una época de grandes cambios, de cuestionamientos, de esperanzas e incertidumbres. Mas el estudiante presintió que sería mejor el silencio. Pero desde su interior un impulso contrario pujaba intenso. Sintió a sus desorbitados ojos danzar inquietos, sus músculos latieron; su cuerpo, una entelequia. Así que continuó: –Sí, se equivocó al dejar con un valor fijo, constante, a la velocidad de la luz, ya que ella también es relativa.
Y al terminar sus palabras, la clase comenzó un viaje hacia ningún lado, a una velocidad inexistente.

sábado, 11 de octubre de 2014

Testimonio de un fantasma

Tradicionalmente se considera que los fantasmas son almas en pena. Según algunos, tuvieron una muerte traumática y, por ende, habría una energía aún no tramitada. Para otros los espíritus tendrían un objetivo, una misión, y por lo tanto penarán hasta cumplirlo. Similar posición la de aquellos para quienes las ánimas buscarían una venganza contra alguien que en el más acá los habría dañado. Unos más aseguran que luego de una existencia terrenal espantosa, esas personas no podrían pasar a mejor vida. En algunos lugares hablan de que las almas pertenecerían a enamorados no correspondidos que penan por sus amadas.
            En fin, fantasmas, almas, ánimas y espíritus serían todos sufrientes. Discúlpenme pero debo serles sincero, han estado todos equivocados. Una pavada tras otra.
            Que un cualquiera me explique, por favor, por qué alguien con un espantoso perecer, una vida desgraciada, una vez muerto se quedaría en ese lugar de tantas desdichas
            Yo diré la verdad, una honestidad poco habitual entre los seres vivos de este planeta. Los finados tenemos libre albedrío. Al morirnos, estamos libres para decidir, por fin dejamos atrás todos aquellos condicionamientos externos y circunstancias apremiantes que tantos obstáculos nos han puesto en nuestra vida terrenal. Que quede claro, al morirnos, al fin elegimos lo que queremos.
            Por lo tanto, como ya habrán deducido, las almas que nos quedamos en el planeta somos las que tuvimos una vida plena, rodeada de puras satisfacciones. 
Sin ir más lejos, yo fui un aristócrata que disfruté de los privilegios de mi clase: fiestas, banquetes, doncellas bellísimas, viajes a insólitos sitios y tantos etcéteras que me dejaban siempre ajeno de preocupaciones mundanas. Morí a los ochenta años por un infarto, de un día para el otro, casi sin darme cuenta. Vi a mis familiares erigir sus destinos en función de sus deseos. Sí, acá la pasé muy bien, ¿por qué me iría a un cielo, a un infierno o a quién sabe dónde? Señores, créanlo, yo no me quiero ir más.

            Por lo tanto, amigo lector de este testimonio, cuando usted se encuentre ante una aparición, no se asuste, no se alarme, no disque el novecientos once, sino más bien, reflexione, piense y sepa que está frente a alguien que supo disfrutar de la vida, y que ahora, sabe disfrutar de la muerte.

sábado, 4 de octubre de 2014

Una de mutantes

Pensé que los mutantes se habían extinguido. Que su escamosa y fétida piel verde se derretía para siempre en el asfalto de la ciudad.
            Afortunadamente para la especie humana, hoy la calle es un cementerio de bestias inmundas, mis otrora vecinos. Durante un mes, un extraño virus azotó a la humanidad, y muchos vimos como nuestros seres queridos y allegados se transformaban en reptiles escamosos hambrientos de carne humana. En mi barrio, el único no infectado fui yo. Durante todos esos terribles días resistí la invasión mutante mediante métodos de los más estrafalarios, armas caseras e improvisadas trincheras. Aislado en mi altillo observé cada transformación, cada gota de sangre derramada, cada humano devorado.
            Pasaron más de veinte días hasta la llegada del ejército que liberó la zona gracias a un veneno esparcido por el aire. Los bioquímicos  me inyectaron el antídoto contra la mutación, el cual al mismo tiempo me hacía inmune al veneno mata-mutante. En poco tiempo, los mutantes cayeron y un hedor ácido de carne putrefacta ahora invade la cuadra. Mas con tal de librarme de esa amenaza, soporto cualquier desagradable aroma.
            Sí, definitivamente creía que al fin recuperaría algo de mi ansiada paz y tranquilidad.

            Pero nunca nada es tan fácil. A lo mejor, toda la mutación sólo fue el prólogo, un proceso de adaptación hacia el inevitable destino. Ya que hoy, frente al espejo, mientras me rasuraba, vi que debajo de mi barba unas escamas esmeraldas crecían de modo inquietante y un extraño apetito antropofágico me reclamaba jugosa carne humana.