Cuando abrí los ojos no sabía la hora. Me quedé en la cama con la vista clavada en el cielo raso. El yeso blanco del techo tenía rugosidades que nunca había notado, puntos negros de humedad, huellas de moscas, un agujero muy chiquito y sobrantes de pintura en los ángulos. Detalles que hacían que eso no fuera una masa recta de yeso blanco sino una especie de gigante hielo irregular. Decepcionado por la ausencia de perfección del techo, di vueltas un par de veces para ver si me dormía pero no. Despertaba. Mejor dicho, algo no me dejaba dormir. Supongo que sería eso que los adultos llaman ansiedad. Yo no sé qué es la ansiedad. Pero con esa palabra justificás todo: no estudié porque me puse ansioso, estaba tan ansioso que me puse a estudiar; no dormí por la ansiedad, me quedé dormido por la ansiedad; y podría seguir pero creo que se entiende la idea. Ni la ruidosa lustradora de parquet, ni los rayos de sol, ni los caniches de mamá, ni el canal de noticias de papá, nada de eso me pertu...