Cuando abrí los ojos no sabía la hora. Me quedé en la cama con la vista clavada en el cielo raso. El yeso blanco del techo tenía rugosidades que nunca había notado, puntos negros de humedad, huellas de moscas, un agujero muy chiquito y sobrantes de pintura en los ángulos. Detalles que hacían que eso no fuera una masa recta de yeso blanco sino una especie de gigante hielo irregular. Decepcionado por la ausencia de perfección del techo, di vueltas un par de veces para ver si me dormía pero no. Despertaba. Mejor dicho, algo no me dejaba dormir. Supongo que sería eso que los adultos llaman ansiedad. Yo no sé qué es la ansiedad. Pero con esa palabra justificás todo: no estudié porque me puse ansioso, estaba tan ansioso que me puse a estudiar; no dormí por la ansiedad, me quedé dormido por la ansiedad; y podría seguir pero creo que se entiende la idea. Ni la ruidosa lustradora de parquet, ni los rayos de sol, ni los caniches de mamá, ni el canal de noticias de papá, nada de eso me pertu...
Mientras miraba la serie El amor después del amor en mi cabeza había un contrapunto con escenas de la serie Maradona: sueño bendito. Algunas escenas se distorsionaban, se mezclaban, como si las señales de Netflix y Prime Video hicieran un crossover. Me recordaba a mí mismo que eran series distintas, personajes diferentes, con historias singulares, a quienes yo conocía de antemano. Y ese último punto, el de conocerlos de antemano, es el que me lleva hacia estas líneas. Maradona y Fito Páez son personajes que, para los nacidos en los ochenta, son re contra mil conocidos. Quién más quién menos, los hemos visto en la televisión jugando al fútbol, tocando el piano o lo que sea. Pero, también, en entrevistas. Y ahí fuimos descubriendo características de ellos, de su vida personal, anécdotas. Y algo de eso nos atraía, de saber la intimidad de personas extraordinarias. Descubrir que sus vidas tenían momentos ordinarios era una forma de acercarnos, compartir algo, aunque sea mínimo, con un tip...