Cuando abrí los ojos no sabía la hora. Me quedé en la cama con la vista clavada en el cielo raso. El yeso blanco del techo tenía rugosidades que nunca había notado, puntos negros de humedad, huellas de moscas, un agujero muy chiquito y sobrantes de pintura en los ángulos. Detalles que hacían que eso no fuera una masa recta de yeso blanco sino una especie de gigante hielo irregular.
Decepcionado por la ausencia de perfección del techo, di vueltas un par de veces para ver si me dormía pero no. Despertaba. Mejor dicho, algo no me dejaba dormir. Supongo que sería eso que los adultos llaman ansiedad. Yo no sé qué es la ansiedad. Pero con esa palabra justificás todo: no estudié porque me puse ansioso, estaba tan ansioso que me puse a estudiar; no dormí por la ansiedad, me quedé dormido por la ansiedad; y podría seguir pero creo que se entiende la idea. Ni la ruidosa lustradora de parquet, ni los rayos de sol, ni los caniches de mamá, ni el canal de noticias de papá, nada de eso me perturbaba. Lo que me sacaba del sueño era la ansiedad porlas vacaciones.
Porque las vacaciones no son cualquier cosa, implican un cambio absoluto de un día para otro; de repente te acostás tarde y dormís hasta el mediodía. Está bien, supongo que eso le pasa a la mayoría de las personas. Pero mis vacaciones son distintas a las de los demás, por ejemplo, por el regalo de navidad de mis viejos y el viaje a la playa que hacemos todos los años. A lo mejor algo de eso explica mi ansiedad.
Lo raro era que yo sabía la nota. O al menos que me la llevaba. Pero tenía un poco de esperanza. La profesora entregó uno por uno los exámenes. Coty le discutió, pero los argumentos fueron en vano, tenía matemática directo en diciembre. Santiago dio un grito de alegría, gracias a ese último diez sólo se llevaba física y geografía, por ende, ya había pasado de año. Lara y Mica se sonrieron, no supe por qué ya que a ellas siempre les iba bien, por más que se sacaran un uno seguro que matemática la aprobaban. Pedro, el que siempre andaba con un dedo en la nariz, se agarró la cabeza al ver su examen. Pato dijo “ya fue” al darse cuenta que se la llevaba a diciembre. Yo no hice nada ante el cinco que me decía que en el inicio de mis vacaciones estudiaría matemáticas y que mi mamá y mi papá me darían un sermón, y luego seguirían en la suya como si nada: una con los caniches y el otro con el teléfono haciendo negocios.
Después de la entrega de notas, tuvimos la última clase de educación física. A los empujones, nos amontonamos en el gimnasio. El lugar no tenía nada de gimnasio. No había máquinas ni pesas; menos aún espejos donde posar como fisicoculturista. Sino que se trataba de un enorme galpón con aros de básquet y arcos de fútbol. El piso era de cemento alisado y tenía pintadas las líneas del ampo de juego. Según Pedro estaban torcidas y desproporcionadas.
Después de dar vueltas, hacer jueguitos, lanzar al aro y reírse con los tres o cuatro alumnos de siempre, el profe, vestido con relucientes ropas deportivas, tiró una pelota en medio del gimnasio y dijo lo que para mí sería una sentencia:
—Chicos, hoy como es el último día vamos a hacer como si fuera hora libre. Jueguen a lo que quieran.
Pedro no venía a Educación física. Se quedaba en el aula estudiando para las materias flojas. Eso era una fortuna para él y la ruina para mí: su ausencia me dejaba como único blanco de todas las burlas.
Mis compañeros armaron equipos de fútbol y yo quedé en uno de los grupos. Fue extraño que me eligieran tan rápido. Aunque más raro me resultó mi sensación: por un lado quería irme, no estar en un lugar en la que siempre la pasaba mal; al mismo tiempo quería jugar con ellos, hacer un gol el último día y que de repente todos, inclusive yo, descubriéramos una habilidad hasta el momento desconocida, que me felicitaran, abrazaran y convertirme así en ídolo escolar.
Me paré contra un rincón, cerca de la pared del gimnasio que hacía de límite a la cancha de fútbol. Ese gimnasio era tan absurdo que la línea divisoria de la cancha rozaba la pared. Supongo que los arquitectos que diseñaron la escuela eran un tanto redundantes. Seguía con mis ideas sobre estar o no ahí, cuando de repente la primera pelota del partido vino hacia mí. Eso sí que nunca pasaba. Me llamó la atención que a uno de mis competitivos compañeros se le ocurriera que yo con la pelota haría algo productivo. A lo mejor era la oportunidad para sorprenderlos, hacer un gol épico en venganza por las cargadas del año entero. Sin embargo, fue todo tan rápido que ni alcancé a tocarla; Pato y Nico se me tiraron encima y reboté contra la pared. Sentí mi cabeza chocar con el suelo y atiné a poner mis manos, lo cual evitó que el golpe fuera mayor. Temí una fractura en el brazo izquierdo. Lo moví y noté que, más allá del dolor, estaba bien. El profe gritó ¡Despacio, jueguen despacio! Mis compañeros rieron. Al igual que en todo el año, víctima de mis compañeros de curso.
En el aula, las risas y burlas seguían; la única que me preguntó cómo estaba fue Lara. También pidió que ya no me molestaran. Les dijo que eran unos tarados. Mica, su amiga, aprobaba con la cabeza pero ocultaba la risa ante las ocurrencias de quienes se burlaban de mí. Todo sucedió en segundos. Entró la profesora de Historia y Lara se sentó rápido junto a Mica en su banco. Se dijeron por lo bajo algo que nunca oí. Yo me quedé con la vista puesta en la pared. No sé qué pensaba, supongo que en las vacaciones.
No entendía por qué íbamos a la escuela; cualquier cosa la podías aprender por internet. Wikipedia sabía más que todos mis profesores juntos. Los tutoriales en Youtube eran más didácticos que el plantel docente completo. En cualquier red social un chico como yo podía relacionarse con gente sin que nadie lo molestara. Pero por una especie de inmenso complot se había decidido que teníamos que ir a la escuela y aguantar lo que sea.
Pedro, mi compañero de banco, me interrumpió:
—La culpa es tuya, no podés dejar que te traten así. Sos un chabón re grandote, si les das una piña a cualquiera de ellos lo dejás tirado y no te joden más. Y si yo ando con vos, y me siento con vos, a mí tampoco me van a molestar. Dale, meteles una piña a cada uno y nos salvamos.
La profesora pidió silencio. Escuché que uno de mis compañeros decía “callate comemoco”. Pedro hizo caso y comenzó a hurgar en su nariz en busca de sus propias secreciones, las cuales pegaba debajo de la mesa. Durante el año había armado una bola que todos los días alimentaba. Ese era uno de los secretos que me había confiado, de esos que nadie tenía que enterarse. Pero a esa altura del año, su bola de mocos no me interesaba. La clase de Historia menos aún. A lo que sí di importancia fue a su sugerencia; Pedro tenía razón: yo era el más grande de toda la clase y por ende podría con cualquiera. Pero imaginarme frente a Pato, a Nico, a Santiago, o al que sea, me paralizaba. No lo podía ni pensar.
Es verdad. No podría identificar una sola cosa como lo peor de la escuela. Había tanto: despertarse temprano, las calificaciones injustas en los exámenes, mis compañeros marcando mis errores con un rodillazo en el estómago. La única diferente era Lara; siempre fue compasiva conmigo.
Pasaron unos días en los que dormí más de la cuenta. Jugué con una vieja Playstation, que para ese entonces muy bien no andaba. Me mensajeaba con Pedro, pero su teléfono no funcionaba bien así que cada respuesta suya tenía una demora insoportable. Él me contaba de las materias a rendir en marzo, de su miedo a que los granos de su nariz no fueran acné sino algo más grave, de una serie nueva y de algunos juegos que se había bajado pero que eran incompatibles con mi Play. Le escribí a Lara una vez preguntándole sobre matemática y me dijo que en verano ya no se acordaba nada de la escuela, y que tuviera suerte en el examen. Al darse cuenta que no hacía nada con matemáticas, mi mamá intervino.
Luego de retos y sermones, mi mamá me mandó con una vecina que estudiaba matemática en la universidad. Yo la conocía de siempre, pero sólo de verla pasar por la calle. Apenas un hola le habría dicho alguna vez. No, seguro fue ella quien me lo dijo.
Andy, así se llamaba, tendría unos veintitrés años y le brillaban los ojos ante mis aciertos en los ejercicios. Durante veinte días fui tres veces por semana a su casa. Las clases duraban dos horas. En ese lapso su madre limpiaba intentando no hacer ruido, aunque siempre le pasaba algo: se le caía una escoba, se chocaba con un balde, o alguna cosa chillaba. Cuando sucedía eso, Andy reía y me pedía perdón. Yo me distraía un poco y volvía a los ejercicios sintiendo pena por su madre. La mujer quería hacer todo bien, pero cuanto más esfuerzo peor era. Como el techo de mi pieza: intentaba ser correcto pero una mancha lo interrumpía.
Con Andy hacíamos un recreo donde ella me contaba de la facultad; le gustaba pero era difícil, tenía amigas con quienes estudiar y su sueño era dar clases e investigar y cosas así. Yo me quedaba en silencio y de reojo le miraba el escote. Su vida era mucho más interesante que la mía. Si hacía todos los ejercicios era para que le brillaran los ojos. Supongo que eso garantizó que me sacara un seis en el examen, estuviera libre de matemáticas y de la escuela por unos meses y pueda ilusionarme con el regalo de navidad.
Las luces de la casa estaban encendidas. El arbolito de navidad acompañaba. La mesa, en mitad del living, para doce personas. Un centro de mesa que mamá y la tía Laura hicieron a base de piedras de colores y cactus. Nunca les dije que para mí esa cosa era horrible. Más tarde, con un poco de alcohol encima, alguno de mis tíos seguramente se los dijo. En grupos de tres o cuatro los invitados hablaban; todos al mismo tiempo. Yo quería entender algo, participar de alguna conversación, pero al final me dediqué a comer todo lo que encontré en la mesa.
Mientras mis primos más grandes armaban una barra de tragos en el living, papá me llamó. Fuimos a la cocina con la excusa de buscar hielo. Mis tías discutían si ya estaba listo la pavita que se cocinaba en el horno.
Papá eludió a todos los que rondaban la cocina y, mientras abríamos el freezer, me dijo con tono de juez que lee una cadena perpetua:
—Te tengo que contar algo. Compré una casa en la costa, es el regalo de navidad para la familia. La casa es chiquita pero linda, te va a gustar. Así que de ahora en más las vacaciones van a ser ahí. Ya le dije a tu mamá. Así que ni bien termine de cerrar un negocio, nos vamos.
Me quedé callado. Cargué hielo en un bowl metálico. Papá siguió: el viaje sería de no más de tres horas, la pasaríamos bien, cosas así. Una vez que alcanzamos a los bármanes, se alejó. Miré cómo se movía; esas reuniones le hacían bien: no negociaba, sólo se dedicaba a ser él mismo, hacía chistes, hablaba de cualquier cosa, se divertía. Me alegró verlo contento.
En el momento de los regalos, agradecí a cada integrante de la familia, especialmente a mis viejos. La Play nueva estaba buenísima. Pedía ser usada, así que esa noche no dormí. Me encerré en mi pieza y le mandé una foto del regalo a Pedro. Me respondió con emojis de sorpresa. Me recomendó algunos juegos que usé hasta que me venció el sueño. Ya habría tiempo para experimentar con esa Play.
La casa estaba a cuadra y media de unos médanos que tapaban la playa. La entrada estaba cubierta por piedras blancas; en todos lados había arena. Unas plantas delimitaban el camino hasta la puerta de acceso. Por la calle pasaba gente en bici, motos, cuatriciclos. Muy pocos autos, la mayoría estacionados. En el aire, una especie de bullicio: gente hablando, viento de mar, el ruido del oleaje, vendedores ambulantes y cosas así.
La casa era un chalet a dos aguas con un patio largo al fondo. Sobre una medianera había unas flores medias amarronadas por la arena y, del otro lado, un deck con parrilla. Entre las flores y el deck, césped cortado al ras. Al fondo del patio caía el sol y unas ligustrinas podadas prolijamente daban algo de sombra.
Entrar fue decepcionante. Me imaginé corriendo muebles, dando mi opinión sobre dónde ubicar el sillón, señalando la mejor pared para colgar la foto familiar, pero no, nada de eso: papá ya se había encargado de todo. La empresa del flete había ordenado nuestra casa. Era como el decorado de una película, la típica casa de vacaciones de una familia.
Papá y mamá seguían con una discusión iniciada en el viaje. Conecté la Play nueva. Compré más juegos online y empecé. Todos eran como la casa: buenos gráficos, excelente sonido pero la acción no era real. Hasta que adquirí el “Final Class”. El juego no tenía mucha historia; había que matar profesores y compañeros de clase con cualquier elemento disponible en el aula. Lo interesante del juego era que con el celular te sacabas una selfie y el “Final Class” transfería a la pantalla tus patrones, rasgos faciales y todo tipo de datos biométricos. De repente, el protagonista del juego eras vos. Así que ahí estaba yo, en medio de una clase matando profesores y alumnos. El juego era tan vicio que no sé cuánto tiempo estuve jugando. Sé que me dormí en el sillón, enroscado con los caniches de mamá.
Me despertó la voz de papá. Ya era la mañana. Papá discutía en el celular sus negocios. Fue raro verme en la tele durmiendo sobre un banco escolar, como si la noche la hubiese pasado dentro del juego. Me refregué los ojos y noté que tele y Play estaban apagadas.
Cuando mamá me vio en el sillón dijo que no podía estar encerrado todo el día, que habían comprado la casa para que yo estuviera conectado con la naturaleza y no sé qué más. Papá aún seguía con el teléfono cuando agarré un paquete de galletitas. Me puse los auriculares y salí caminando hacia la playa.
Era una mañana fresca. Un viento frío venía desde el mar. No parecía verano. En la costa, las gaviotas o no sé qué bicho volador chillaban buscando comida: se lanzaban hacia la arena y agarraban lo que la gente había tirado el día anterior. Unos tipos, a los gritos, descargaban de un tráiler un bote para meterlo en el agua. En un bar bajaban gaseosas, aguas, cervezas y esas cosas. Si bien era temprano, ya se oía el rumor de los vendedores ambulantes que ofrecían churros para el desayuno de los turistas en sus casas y departamentos. Pero a mí eso no me importaba. Sólo me llamaba la atención una pequeña humareda detrás de un médano. Así que encaré hacia allí. Hasta que plaf, un golpe sacudió mi cabeza.
—Ey, ¿querés jugar al vóley? —me preguntó un chico.
—No, gracias —respondí.
—Por lo menos alcanzame la pelota.
El chico y la chica que lo acompañaban rieron. Yo miré en la arena la pelota de vóley con la que me habían pegado.
—Basta, no lo molestes —dijo la chica. Fue a buscar la pelota y se me acercó—. Hola, me llamo Maia. Vení con nosotros, dale.
—Bueno, está bien. ¿Querés galletitas? —dije y los otros dos rieron y se tiraron encima del paquete.
—¿Qué escuchabas? —preguntó el más alto, que se llamaba Enzo.
—Metal, Slipknot —respondí.
Los tres rieron e hicieron chistes de que yo seguro era un metalero que comía pollitos crudos, había matado a mi abuela y la tenía enterrada en el patio de mi casa.
Luego de caminar un rato largo por la playa paramos a jugar
al vóley. Nunca llegaba a responder los tiros que me lanzaban. Más de una vez caí a la arena sin siquiera tocar la pelota. Los tres se reían, pero era distinto al colegio. No eran burlas, sino que disfrutaban junto a mí. De hecho, a mí también me resultaba graciosa mi torpeza.
Cansados del vóley, Enzo y Alan, así se llamaba el otro chico, dijeron que tenían hambre y que irían por unos sánguches a un almacén más alejado de la costa porque ahí eran más baratos. Nos invitaron a que los acompañemos. Maia dijo que no. Me extrañó su sonrisa, que enseguida contagió a los otros dos. Más raro aún era que una chica prefiriera quedarse conmigo.
Nos sentamos a la orilla de un médano. Me preguntó sobre Buenos Aires. Le conté un poco de mi vida allá, obviando el bullying escolar, aunque supongo que lo intuía. Le dije de la casa nueva, dónde estaba, que podía ir cuando quisiera, que escucharíamos música o jugaríamos a la Play. Dijo que por mi bien podíamos hacer de todo menos jugar al vóley. Se rió mucho de su comentario, tanto que me contagió. Le conté de los caniches pero creo mucho no me escuchó. Enseguida me interrumpió para decirme que su sueño era mudarse a la Capital y ser cantante. Le pedí que cantara para mí y luego de unos titubeos comenzó su recital. Se paró, moviendo su cabeza de un lado al otro y su pelo bailó una melodía. Ni bien entonó la primera estrofa identifiqué que a Maia le gustaban las mismas canciones que a Lara: un pop latino romántico de cantantes con autotune. No me importaba: su voz me llegaba como una caricia. Hasta que de repente, calló.
—¿Y? —dijo—. ¿No me aplaudís?
Me paré y agité las palmas, hasta intenté una especie de silbido. Ella sonrió, miró el cielo y dijo:
—Tengo calor. ¿Y si nos metemos al agua?
Yo en realidad tenía un poco de frío, todavía estaba algo nublado, pero me metí igual. Enzo y Alan se habían ido hacía como una hora. No quedaba ni una galletita en el paquete y yo ya tenía hambre de vuelta. Pero nada de eso me importó porque me gustaba mucho estar con Maia. No sé si sería por el salitre del mar o qué, pero vi en sus ojos el mismo brillo que en los de Andy.
Dentro del agua ella me empujó y yo la salpiqué. Nos tiramos de cabeza en la rompiente un par de veces. Intentó enseñarme a nadar pero ni la plancha me salía. Nos reímos de vuelta de mi torpeza. Así que le hice caballito hasta que una ola nos tiró y saboreamos agua salada.
Cuando salimos del agua me dijo:
—¿Sabés qué? Menos mal que no fuimos con Enzo y Alan. Ellos son buenos pibes pero son amigos de mi novio, bah, mi ex novio. Anoche hicieron una fiesta atrás de los médanos y nos peleamos. Hicimos una fogata y todo, hasta hace un rato todavía se veía el humo. La estábamos pasando re bien, había un montón de amigos, pero él mandó cualquiera. Estaba re fumado. Supongo que ya se le pasó, ahora debe estar trabajando.
Hizo un silencio con la mirada detenida en el lugar donde más temprano yo había visto el humo: el lugar de la fiesta y de la pelea con ese novio.
—¿Qué te hizo? —le pregunté.
—Nada, nada. No importa. Supongo que pavadas porque estaba fumado. Es bueno, pero a veces se saca. Y yo me cansé de que se saque así de la nada. No puede tratarme mal, ¿quién se piensa que soy yo?
—Más vale, nadie te puede tratar mal.
—Si yo no me hago respetar por lo que valgo, nadie lo va a hacer por mí.
Mucho no le entendía, pero alentaba para que siguiera hablando así averiguaba la historia con ese novio.
—Además —continuó— no podés pretender que todo el mundo sea como vos querés que sea. Él es bueno, pero a veces es un tarado. ¿Quién se cree que es para tratarme como una puta que anda calentando a sus amigos?
—¿Eso te dijo?
—Sí. ¿Y él qué? Bien que se hace el lindo con las turistas del hotelucho ese en el que trabaja.
—Cualquiera, se fue al carajo.
—Él es buen pibe, pero se pasa con el faso y dice cosas que después se arrepiente. Es como que se vuelve tóxico. Como que estás re bien con él y de repente salta con cosas así. Además era una fiesta. A mí, te digo la verdad, me arruinó la noche.
—Bueno, ya fue, olvidate —ya me había cansado de que me hablara del novio—. Además ahora estamos acá, disfrutando el día. Te sacaste de encima a un tarado.
Hicimos un breve silencio. Yo miré para otro lado. No sé por qué pero la mención de su ex hacía que me fuera difícil sostenerle la mirada. Me daba bronca, enojo.
—Tengo frío —agregó.
Maia se envolvió con mi remera. Nos sentamos otra vez en el pie del médano. Apoyó su cabeza sobre mis piernas y se quedó dormida, o al menos cerró los ojos. Así que sin más que hacer, revisé mi celular. Pedro me contaba de un forúnculo por el cual tenía que ir al médico. Mamá reclamaba mi presencia en la nueva casa. Pensé: a la mañana no me quería encerrado y ahora me quiere ahí dentro. Como el celular estaba conectado a la Play, vi que el “Final Class” requería actualizarse. Le di aceptar. De repente sentí vibrar mi cuerpo; todo a mi alrededor se pixeló; pestañeé. El mundo volvió a la normalidad. Miré a Maia y recordé las veces que soñé estar así con Lara. Sentí bronca hacia los compañeros que se reían de mí. Quise matar a la profesora de Lengua y su análisis morfológico y sintáctico que nunca entendía. Así que mientras me enfocaba en mis odios y mi celular, no me di cuenta que Enzo y Alan se acercaban. Estaban acompañados.
—¿Qué hacés con este gordo, Maia?
Ella se despertó de su siesta, achinó sus ojos y miró hacia los chicos, que reían. Yo me levanté con la respiración agitada y el cuerpo latiendo fuerte.
—No tengo por qué darte explicaciones —le respondió—. Sos un boludo, lo nuestro se terminó. Anoche mandaste cualquiera.
—Y vos gordo rajá de acá, no te hagas el vivo con mi novia o te destrozo.
Enzo y Alan reían y arengaban al muchacho.
—No le digas así, no podés tratar mal a la gente. ¿Quién te pensás que sos, Joaquín? Te re fumaste con estos tarados de vuelta—agregó Maia. La sentí con la misma fuerza que Lara cuando me defendía. Sólo que esta vez yo no me iba a quedar callado como si nada.
—Eso flaco, pará, dejala tranquila, ya fue —intervine mientras apretaba mi puño derecho.
—Uh, pintó el metalero —dijo Alan y Enzo largó una gran carcajada.
—¿De dónde carajo saliste bola de grasa? Volvé con las ballenas, gil. No te metas en esto o la vas a pasar muy mal. Andá porteñito, que mami y papi te deben estar buscan...
Antes que terminara la frase le acerté una piña en la cara. Cayó a la arena. En ese instante, Enzo y Alan se me tiraron encima y de repente me sentí aturdido por sus trompadas. Ya en el suelo, me agarraron de los brazos. Vi cómo el novio de Maia se levantaba y venía hacia mí pese a que la chica quería frenarlo. Sentí una patada en la cabeza y algo así como que Maia le prometía volver con él si me dejaba tranquilo. Así que, dolorido y confuso, quedé recostado en esa playa. Maia y su novio se fueron secundados por Enzo y Alan, que no paraban de reír.
Mareado, con sangre y arena en la boca, vi cómo el sol seguía sin aparecer. Las nubes, arriba, gruesas. Las gaviotas daban vueltas alrededor de una lancha con pescadores. Imaginé que era la misma que un rato antes habían bajado del tráiler. El agua iba hasta la costa y retornaba al mar. Me levanté y fui por mis cosas. Vi mi remera mojada por el cuerpo de Maia. Las zapatillas, los auriculares y el celular se los habían llevado.
Caminé descalzo por la calle de la costanera. Eran cerca de las tres de la tarde, más gente rondaba la costa y varios se animaban a meterse al agua. Delante de mí dos policías conversaban. Quise decirles del robo pero ¿para qué? No tenía ningún dato certero de ellos. Ni sus nombres parecían verdaderos, incluso el de Maia. Sentía que los cuatro se habían complotado para reírse de mí, robarme y humillarme.
Cuando llegué a la casa nueva, los caniches me recibieron con sus típicos ladridos. Mamá y papá no estaban así que me di una ducha, busqué comida y conecté la Play. Fui derecho al “Final Class”. Si bien ya no tenía el celular, el juego retenía mis datos biométricos por lo tanto de repente aparecí en medio de una clase. Enseguida le clavé una lapicera en el cuello a una compañera. Luego a otro alumno le partí una silla en la cabeza. Ataqué a la profesora con un globo terráqueo. Tiré el escritorio sobre otros dos chicos y salté sobre ellos clavándoles útiles en el cuello. Me sentía poderoso, nada me podía parar. Seguía atinando golpes y matando a quien tuviera cerca, como si fueran Enzo, Alan, el novio e inclusive Maia. Un portazo detuvo mi matanza.
—Por fin apareciste, no sabíamos dónde estabas. Nos tenías preocupados. No podés irte así como si nada. Quedate tranquilo que ya te hago algo de comer.
Quise responderle a mamá pero alguien de la clase me golpeó por la espalda así que seguí peleando. Cada tanto oía a mis padres hablar entre sí cuando mi papá dejaba el teléfono. Quería decirles algo, pero una fuerza me retenía. Por alguna razón estaba preso dentro del juego.
Las horas pasaron y noté que mis compañeros de clase se apagaban. Como si el juego dejara de funcionar. Cada uno se aislaba y quedaba sin acción. Como muñecos con los cuales nadie juega. En cambio, yo me seguía moviendo. Cada tanto notaba algo fuera de la pantalla, como pequeños flashes: me veía a mí mismo sentado, sin hacer nada, con las sombras de papá y mamá dando vueltas a mí alrededor. De alguna forma, esas siluetas de mis padres se fueron haciendo cada vez más constantes. No podía sacarles los ojos de encima. Eran lo único que me importaba. Verles sus sombras en acción. Seguirles el ritmo en su ir y venir de aquí para allá. Como las olas del mar.
Mamá atendió al golpe de la puerta. La vi. Era Maia. Había traído mi celular. Dijo algo como que estaba tirado en la vereda, y preguntaba si era de alguien de la casa. Mi mamá le dijo que sí, le agradeció mucho. Maia se fue. No supe cómo interpretar su aparición. ¿Un gesto de cariño? ¿Remordimiento por dejarme así tirado? ¿Una excusa para seguir riéndose de mí?
Yo sólo quería salir de la pantalla y decirles a mis papás lo que había pasado. Pero no pude. Seguía atrapado en el juego. De reojo, noté que Maia al irse miró dentro de la casa, como buscándome. Eso me desesperó. Quise moverme pero me atinaron un nuevo golpe. El juego arrancaba otra vez.
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