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Entradas

Asociación libre post vacaciones

Hoy volví a trabajar. Una casualidad llevó a que gran parte de estos quince días de vacaciones yo estuviera sin teléfono, sin internet. La experiencia fue extraña. No revisar a cada rato redes sociales. Obviar noticias a las que en otro momento hubiese dado atención. Sentarme a mirar la nada. Jugar con mis hijas sin interferencia tecnológica. No estar preocupado por la batería del teléfono. El celular, símbolo epocal de mi rutina, vacacionaba. Pero ese paraíso anti tecnológico enseguida mostró sus fracturas. Se me imponía la sensación de estar perdiéndome algo importante: un comentario de un grupo de whatsapp, el saludo de algún amigo que hace mucho que no veo, la conexión con los seres queridos que están un poco más lejos. Es así que me pregunto ¿qué relación existe entre teléfonos celulares y vacaciones?, ¿qué lugar en nuestra rutina tienen estos aparatos telefónicos?, y, fundamentalmente, ¿cómo entrar y salir de ellos sin morir en el intento? En El malestar en la cultura Fre...

Che, regalen libros

Estos días tuve la suerte de que me regalaran libros. De esos que te sorprenden, que si los viera en una librería, leería al menos la contratapa y figurarían entre mis pendientes. Así que al tenerlos en mi mano, me emocioné. Una emoción que no tenía que ver sólo con el afecto hacia quien hizo el regalo, ni con la llegada de un objeto deseado. El fin de estas líneas es explorar las raíces de estas sensaciones. Regalar un libro no es cualquier cosa. Se basa en una acción múltiple. Por un lado implica una apuesta de que a la persona a la cual le vas a obsequiar el libro la conocés tanto como para elegirle algo que le puede interesar. Y ese algo son palabras dispersas, significantes inútiles que lo tocarán, le llegarán. De alguna forma le estás diciendo al otro, yo sé de vos, te entiendo. Pero es un conocimiento al menos parcial, o (disculpen el abuso de términos psicoanalíticos)  un conocimiento que implica a la falta. Pues con un libro regalado te estoy diciendo yo sé de vos, per...

Sergio Denis y cómo escaparle al misticismo

Hay cierta información que me pasa de largo. Me nefrega. Por ejemplo el chusmerío de la tele. Las noticias del corazón que le dicen. De hecho, no tengo idea cómo alguien se entera si una bailarina se peleó con no sé quién en el programa de Tinelli. Supongo que mirando su programa. En fin… (Aclaro que para mí Tinelli sigue siendo el cabezón hincha de San Lorenzo que le entra un alfajor entero en la boca). Pero cada tanto algo de eso que pasa de largo, se apodera de mis sentidos. Creo que eso sucedió con Sergio Denis. Mis conjeturas me pusieron al borde del insomnio. Hasta que mi ya tradicional mecanismo de defensa de intelectualización se impuso, y mis párpados cedieron. Al parecer hace unos años Denis estuvo sin signos vitales por 17 minutos. Hasta que lo re animaron. A partir de ese hecho, el tipo recorrió los medios contando su experiencia. Una especie de Víctor Sueiro. Ni el primero ni el último, claramente. Pero más allá de eso, lo llamativo vino apres coup. Pero hace ya unos m...

La claudicación de un padre

Mirá que la pelié. Llegué primero y ocupé las mejores posiciones. Cubrí todos los flancos con las armas indicadas para ese momento iniciático: Nirvana for baby, Stones for baby, Ramones for baby, Led Zeppelin for baby y un montón de mis bandas preferidas for baby. A los tres años Sofi ya identificaba con los primeros acordes Eti Leda, Ana no duerme y Bajan. Para esa altura coreábmos canciones de Los Heavysaurios mientras simulábamos una especie de pogo al grito de Quiero leche. La victoria estaba ahí, se la saboreaba. Sin embargo hoy reconozco que subestimé a mi eenemigo. Este sábado a la mañana, mientras el desayuno se estiraba en la cama, Sofía pidió ver algo en Netflix. Propuse distintas opciones pero ella sólo quería una cosa: Soy Luna. Así que no sin cierta reticencia acepté la propuesta. Creo que mi mandíbula cayó al suelo cuando la vi bailar una insípida coreografía, junto a otros insípidos adolescentes con peinados prolijamente desprolijos que incitaban desde la pantalla ca...

El bar

Se podría recurrir a ingenuas comparaciones y absurdas analogías, como que de levantar la quiniela pasaron al diezmo y la limosna; o que de la ginebra y el licor Legui fueron a bendecir el vino para la misa; o que del pool, el sapo y el truco se deslizaron hacia el bautismo y la comunión. Pero insisto, sería ingenuo, superfluo y carente de la metaforización buscada. ¿Cómo es que el lugar que las viejas del barrio odiaban, porque al pasar les gritaban pavadas injuriosas, se convirtió en un lugar por ellas mismas venerado a la hora de juntar ropas para los pobres? Aunque si uno lo piensa bien, el verdadero odio de las viejas provenía de que el bar les quitaba a sus maridos. Los tipos volvían de laburar en el campo y no querían escuchar las pavadas de la novela de turno de Andrea del Boca o las quejas de las maestras por los traviesos hijos. Entonces ahí se construía la verdadera misión del bar, opción evitativa frente a los malestares diarios, escape de posibles querellas marital...

Pincelasos de un recital infantil: Adriana y el cumpleaños del Sapo Poing Poing

Estuve en el recital de Los Redondos, el del quilombo acá en Mar del Plata. Sobreviví a Pappo y a su guitarra bajo una descomunal tormenta eléctrica en una playa del sur. Igual suerte corrí en festivales punk, heavies y en inseguros antros con bandas locales. Pero del único recital del que no salí inmune fue uno de Adriana. INGRESO Llegué con mi hija a la fila, algo así como 150 metros rodeados de entusiastas vendedores de peluches de los personajes creados por la mismísima Adriana: Timoteo, un perro celeste, con la nariz roja como la de un borracho; Michu Michu, un gato amarillo con manchas celestes; Lolo, un loro rojo, sí, aunque usted no lo crea, un loro rojo; y el agasajado Sapito Poing Poing. Todo padre que se digne de tal a esta altura ya tiene que saber sobre una orden judicial que impide a la susodicha Adriana cantar la canción del Sapo Pepe. Por esa prohibición, la artista creó a este intitulado Sapo Poing Poing, que hasta tiene su propia canción, y que básicamente es igu...