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El fútbol sin público y eso de la otredad


Volvió el fútbol. Ya hace unos meses la pelota rueda por Europa, en algunos lugares de América también y ahora los argentinos podemos ver equipos de nuestro país jugando la Copa Libertadores. Con una particularidad: la ausencia de público en los estadios. Aclaro esto de los estadios porque los hinchas resulta que sí estamos, pero frente a la pantalla de un televisor, una computadora, una tablet, un Smartphone o lo que sea. No hay público en las canchas pero cada vez existen mayor cantidad de dispositivos para ver un partidito. Pero no hay público. La idea de estas líneas es aclarar algunas ideas que venían dando vueltas por mi cabeza respecto a la ausencia de hinchadas en las canchas.

Desde hace unos años, las tribunas se convirtieron en parte del show. El hincha argentino, el hincha caracterizado, dejó de ser un espectador que alentaba a su equipo. Ahora es parte de ese espectáculo, un protagonismo que se juega en canciones, coloridos y esas cosas. De hecho, hay hinchadas que ofrecen sus servicios a turistas para que asistan a la cancha con ellos cantando en la tribuna popular. Y algo de esto pasa no sólo acá, en otras partes del mundo las gradas muestran enormes banderas y hasta coreografías que las convierten en más que atractivas para un espectador cualquiera. Más de una vez me he encontrado en una cancha atendiendo la arenga que baja de las gradas y no a los veintidós muchachones detrás de la pelotita. Dicen que cuando un encuentro se pone aburrido enseguida los hinchas hacen la ola. En fin, de lo que se trata, creo, es que el hincha ya no soportó más estar en segundo plano, el de un anonimato total y pasó a ser parte de ese show.

Es decir, en un determinado momento (para mí no es claro cuándo, supongo que los noventa, aunque la ola data de los ochenta) un límite comenzó a borrarse. Los hinchas, las hinchadas, no toleraron más el anonimato, saltaron al centro del escenario. Y ahí se juega algo de lo que es una otredad. El otro es un concepto fundamental en cualquier rama del pensamiento. Cada corriente, desde la filosofía, la política, la sociología, la antropología, el psicoanálisis, la literatura y tantos más, le da determinada significación. Pero en definitiva, con diferentes matices y cualidades, se trata de la diferencia entre el yo y el otro, aunque esta distinción tarde o temprano se vuelve confusa y los límites dejan de ser tan claros: Yo es otro diría Rimbaud. ¿Y qué tiene que ver esto con el fútbol?

Pues creo que futbolista e hincha en algún momento se divorciaron. Y no sólo me refiero a los millones que cosechan unos y las limosnas que en general reciben los otros. Sino más bien a la profesionalización del fútbol, a esta idea de una habilidad que permite acceder a un mundo que para la mayoría de los mortales está vedado. Dice Galeano en El fútbol a sol y sombra que él imaginaba a los futbolistas como tipos que eran completamente felices. Insisto, no por el dinero en sí sino por la posibilidad de estar todo el día jugando a la pelota. Y creo que esa era la ilusión fundamental de nosotros los hinchas: observar la habilidad de un tipo que era feliz. La felicidad marcaba una otredad: los otros eran los felices.

Pero esta distinción mostró ser un tanto engañosa. No sé si sería por el fútbol mezquino, los empates en 0 como los que abundaron en el mundial de 1990 o qué, pero en las cachas los hinchas sentimos la necesidad de expresarnos, de mostrar nuestras pasiones, nuestras angustias y alegrías de un modo hasta artístico, que llamara la atención. Y el espectador pasó a ser protagonista. Un protagonista masivo, anónimo, del cual no sabemos nombres ni apellidos ni trayectorias ni nada. A diferencia del habilidoso que gambetea o el picapiedra que lesiona.

Entonces pienso que lo que abruma, incomoda e incluso oprime de los estadios sin público por la pandemia, es que otra vez los simples mortales que no le pegamos bien a la pelotita volvimos a ser meros espectadores. Delante de una pantalla nuestras frustraciones, angustias y alegrías nos hacen de vuelta un otro que ya no forma parte de ese mundo de ilusiones llamado fútbol. La felicidad de vuelta es algo que no poseemos, sino que está lejos ahí entre esos otros que se supone hacen lo que quieren.

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